Ciudad sensible, fragil y viva: del azar a la vulnerabilidad

Resiliencia en las ciudades

La primera pregunta concierne a un tema sobre el que, como bien saben los amables lectores, lo tengo muy presente: la resiliencia en las ciudades.

En efecto, la ciudad estudiada como un sistema complejo con sus interdependencias nos ofrece vías de reflexión y de acción alrededor de estos dos grandes vectores que son la necesidad y el azar. Tratar las necesidades de los Hombres y cómo satisfacerlas, se traduce en la creación y desarrollo de usos y servicios funcionales, aquellos que se pueden planificar, estructurar y concretizar en tiempos y espacios diversos.

Tratar el azar implica ante todo vivir con él, con lo imprevisible, que cuando irrumpe de manera súbita, aun estando lo mejor preparados, nos desestabiliza siempre.

La actitud tecno-céntrica, una de las vertientes que encontramos en el entorno  “SmartCity”, a menudo sufre de la dificultad de tratar de manera transversa y transdisciplinaria la fragilidad de la ciudad, su vulnerabilidad. Este tema es el objeto de mi crónica de hoy.

Los que, como es mi caso, nos inscribimos en la reflexión sobre  lo que llamamos la ciudad sensible, la ciudad ligera, la ciudad viva, la Smart City Humana, aportamos una mirada particular, tanto en el  concepto como en la acción, a este componente esencial en la vida en la ciudad, de la ciudad.

A menudo abordamos la resiliencia bajo el ángulo de los riesgos mayores, catástrofes naturales y tecnológicas, riesgos industriales y desde luego con el conjunto de acciones de prevención, intervención y gestión indispensables para hacer frente a las crisis.

Habiendo desarrollado de una manera pionera un cierto número de herramientas, en modo de plataforma, para las ciudades, en particular las dichas a riesgo “Seveso , expreso, claro está, mi fuerte sensibilidad en lo que concierne a este tema de gran importancia.

Quiero introducir, y en complemento, un eje de reflexión que me parece esencial para ir más allá del azar. Se trata de la vulnerabilidad en las ciudades y sus evoluciones, con respecto a las mutaciones de la estructura urbana, las que conciernen al entorno social-territorial y que toma hoy, desde mi punto de vista, un lugar tan importante como los riesgos mayores.

La complejidad de las ciudades, la urbanización creciente con la consecuente transformación de la estructura urbana, la diversificación de las necesidades que deben ser satisfechas ante los ciudadanosen el contexto de  demografía en aumento constante, la presión debida a los recursos cada vez más exiguos pero también las fracturas visibles socio-económicas en el tejido social, se traducen hoy en condiciones de vulnerabilidad importantes. Ellas mismas están sujetas a un propio proceso de transformación. Esto en particular lo comprobamos también por los efectos de las nuevas crisis surgidas de la yuxtaposición a causa de este importante desarrollo urbano (a menudo aquí y allí no planificado) y las condiciones de vida de la población, cuando la precariedad y las dificultades que afectan a numerosos habitantes, dan lugar a situaciones que la vida de la ciudad y las grandes metrópolis amplifican.

Estamos también en este tema ante un cambio de paradigma, que concierne a la manera de abordar la resiliencia, pues se trata de abordar la vulnerabilidad, no sólo como “la posibilidad de sufrir daños”, sino ante todo por la necesidad de comprenderla más allá, como “la propensión de la sociedad urbana a engendrarlos, a ampliarlos, y de nuevo a hacer de ellos los vectores de nuevas vulnerabilidades”[1]. Hablamos así de una transformación donde la vulnerabilidad, en otro tiempo pasiva, nacida de un estado de hecho (condiciones de los riesgos estructurales en un espacio dado como es el caso de los riesgos naturales, industriales y tecnológicos) se vuelve activa, pues ella misma se modifica y evoluciona  en el marco de lo que he llamado “la contextualización” de la ciudad, su historia, pero también su presente y sus vías de desarrollo. En particular estas nuevas vulnerabilidades conciernen al conjunto del entorno y, en primer lugar, a aquellas impactando las condiciones de vida de sus habitantes. Es ésta la noción de vulnerabilidad social-territorial a la cual hago referencia.

Al igual que el desarrollo sostenible pudo inscribirse en un marco multi-dimensional permitiendo salir del marco estrictamente ambiental, en el sentido de las relaciones con la naturaleza, para ser abordado bajo el ángulo de una terna indisociable medio ambiental, económica y social, considero quedebe ser  también el caso respecto a la vulnerabilidad urbana.

Esto me parece indispensable para abordar la comprensión da la fragilidad de la ciudad, en su estructura urbana y en las relaciones de los habitantes con un territorio de múltiples facetas, en miras a identificar sus vulnerabilidades activas. Éstas germinan, a menudo en profundidad, siendo desde su génesis portadoras de indicadores de crisis potenciales. Estas vulnerabilidades estructurales socio-territoriales tienen por otra parte también la característica de no ser dependientes de un espacio-tiempo propio o una gobernanza particular, porque hay que abordarlas con la capacidad de tratarlas más allá del período de un mandato.

Hablamos, y con razón, de la transición necesaria energética como fuente de una nueva revolución industrial posible, la tercera para J. Rifkin por ejemplo, en un mundo en mutación. Pero más allá del imperativo del cambio de paradigma energético, es ante todo el impacto de las mutaciones sociales en un mundo fuertemente urbanizado, en el cual los usos y los servicios transformaron profundamente nuestras maneras de vivir. El impacto de la revolución digital y de las revoluciones tecnológicas transforma igualmente profundamente nuestra propia visión y vida, como escribo ampliamente en estas columnas, porque entre otros, nosotros, todo ciudadano, poseemos y accedemos a informaciones en otro tiempo reservados para especialistas y otrora fuentes de poder. La fuerza de la multitud crea así, a través de esos nuevos prismas una exigencia fuerte de transparencia y de eficacia, influyendo de manera inédita en las decisiones que comprometen el futuro colectivo.

Pero es también, y ante todo, otra transición mayor la que vivimos hoy y que se prolongará ineluctablemente: la “transición urbana”, que está aún lejos de terminar. ¡En el lapso de un siglo, asistimos entre 1950 y 2050 a un cambio de escala de 700 millones de personas que viven en ciudad, a cerca de 6,5 mil millones! Si hacemos un zoom entre 2000 y 2050, hablamos de 3 mil millones de personas que estarán asentadas en ciudades en el planeta. Es el cambio en 100 años de un mundo  70 % rural convertido en 70 % urbanizado[2].

Asistimos así a esta nueva configuración, que es la fuerza y el poder de las ciudades, la agregación de los hombres y de las mujeres en torno a un territorio con un conjunto de necesidades y recursos, compartiendo usos y servicios. Vivimos, así, bajo todos los continentes una nueva etapa de transformación, referente al poder y su regulación con el peso nuevo en este siglo de la ciudad como actor pleno en sus roles político, socio-económico, territorial, impactando nuestra vida cotidana… Esta transformación irreversible conlleva implicaciones estructurales que condicionan los 50 próximos años.

La edad de la multitud, en este período ubiquitario del siglo XXI, crece, se imbrica; la edad de la ciudad, del poder de su gobernanza, de su mayor papel frente a los Estados. Esta nueva presencia, no de la “aldea planetaria”, sino de la ciudad global”[3] introducido por SaskiaSassen[4], de la “ciudad mundo”, crea nuevas condiciones de sensibilidad, de identidad, de pertenencia y también nuevas manifestaciones y exigencias socio-económicas, culturales, ecológicas, incluso tecnológicas propias. Éstas son cada vez más movilizadoras de los ciudadanos en sus relaciones con la gobernanza local: gestión de la movilidad, de la seguridad, la vivienda social, los desafíos energéticas, el manejo del  territorio, de las redes de las infraestructuras, la utilización de los espacios públicos, la economía de proximidad, la cultura, diversión, la renovación del patrimonio, la fiscalidad, el atractivo y la calidad de vida. Todos estos factores conllevan nuevos factores de vulnerabilidad social-urbana.

La reflexión y la acción a escala de las ciudades en este mundo urbanizado ponen de relieve la importancia capital de comprender esos factores de vulnerabilidad estructural, que en sus características triples: medioambiental, económica y social, son la clave del análisis para identificar y sentir los “cisnes negros”[5], las señales débiles. Se trata así de construir anticipando estas vulnerabilidades socio-espaciales, los indicadores y acciones de eficacia indispensable.

Las decisiones tomadas cada día en las ciudades son constitutivas de la manera en que la sociedad urbana construye para las próximas décadas nuestro futuro y el de las generaciones que siguen. Cada una de ellas tendrá un impacto mayor en las problemáticas que  no son sólo las de hoy y de mañana, sino también las que se generarán en 2050 cuando el 70 % de la población mundial esté urbanizada.

Más que nunca, el rol, la fuerza, la posición decisiva que representa la vida en nuestras ciudades, la capacidad de atracción de éstas, el poder de la vida urbana y la calidad de su gobernanza están en el corazón de la construcción de un mejor vivir juntos.

La ciudad inteligente será la que sabrá comprender la importancia capital de su fragilidad, de su vulnerabilidad social-territorial y la que aportará ante todo esta capacidad de construir cada día su resiliencia.

La ciudad plataforma es la de la multitud, la de la transición urbana, de la ciudad en movimiento, de la ciudad del bien vivir, donde lo digital  y la tecnología, hackeados, contribuyen a anticipar y a administrar esta vulnerabilidad social-territorial.

París, el 10 de marzo de 2014

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