El anhelo de plazas públicas

“El anhelo de plazas públicas”  Michael Kimmelman  APRIL 7, 2016 ISSUE

El arte de la arquitectura debe hacer no solo edificios atractivos sino que debe proveer a los ciudadanos de espacios públicos generosos, creativos, abiertos, invitantes. Una de las verdades basicas de la vida urbana resulta ser que hay una insaciable demanda de esos lugares

Origen: The Craving for Public Squares by Michael Kimmelman | The New York Review of Books – Linkis.com

Ludwigkirchplatz, Berlin, 1997Joachim Schulz/ullstein bild/Getty Images

Ludwigkirchplatz, Berlin, 1997

El siglo XXI es el primer siglo urbano en la historia humana, la primera vez en que más gente en el planeta vive en ciudades que los que no. Los expertos calculan que alrededor del 75 por ciento de la creciente población mundial será habitante de ciudades para el año 2050. Docenas de nuevas ciudades están surgiendo en Asia, su crecimiento acelerado por la agitación política, el cambio climático, y los programas masivos de reubicación que se han limpiado vastas extensiones de los campos chinos. Mucho del crecimiento en países como India y Bangladesh es caótico y mal planificado. En muchas ciudades en crecimiento en todo el hemisferio sur hay una grave escasez de agua, saneamiento y vivienda, junto con la creciente contaminación del aire. Los Estados Unidos tiene algunos de los mismos problemas a una escala menor, mientras que aqui el desarrollo urbano también está siendo estimulado por el creciente número de graduados universitarios y parejas de nido vacío que están rejuveneciendo los centros de ciudad y rechazando los suburbios , la cultura de los desplazamientos, la dispersión , y el automóvil .

No es que los suburbios hayan dejado de crecer, pero desde finales de los 1990, la proporción de automóviles conducidos por personas en sus años veinte en Estados Unidos ha caído del 20,8 por ciento al 13,7 por ciento. El número de diecinueveañeros optando por no solicitar licencia de conducir se ha triplicado desde la década de 1970 del 8 al 23 por ciento. Los vehículos eléctricos, vehiculo auto-conducidos quiza pronto revolucionen el transporte y uso del suelo urbano. Mientras tanto, la desindustrialización, la caída de las tasas de criminalidad, y el aumento en la poblacion de solteros y complejas familias no tradicionales han transformado muchos barrios urbanos antes desolados .

La gente se está mudando al centro por trabajos, pero también por los placeres y beneficios del intercambio cultural, las calles caminables, parques y plazas públicas. Las plazas han definido la vida urbana desde los albores de la democracia, de la que son inseparables. La plaza pública siempre ha sido sinónimo de una sociedad que reconoce la vida pública y una vida en público, es decir, una sociedad que distingue al individuo del estado. No había, en sentido estricto, plazas públicas en el antiguo Egipto o la India o Mesopotamia. Había tribunales fuera de los templos y casas reales, y algunas anchas calles procesionales.

En el siglo VI antes de Cristo, el ágora de Atenas era un centro cívico, y con el surgimiento de la democracia, se convirtió en un centro para las instituciones de la democracia, el corazón de la vida pública. En griego antiguo, la palabra “ágora” es difícil de traducir. En Homero podía implicar una “reunión” o “asamblea”; en la época de Tucídides había llegado a connotar el centro público de una ciudad, el lugar en torno al cual se organizaba el resto de la ciudad, donde los negocios y la política se conducian en público,  el lugar sin el cual los griegos no consideraban en realidad a un asentamiento como un pueblo o ciudad en absoluto. Más bien, ese lugar era, como el escritor del siglo II, Pausanias más o menos lo puso, sólo un lamentable agrupamiento de casas y capillas antiguas.

El ágora anunció la ciudad como una polis. Las ágoras crecieron en importancia durante los periodos Clásico y Helenístico, como expresiones físicas del orden cívico y de vida, con sus templos y pescaderos y banqueros en las mesas de cambio de dinero y mercaderes vendiendo aceite y vino y cerámica. Stoas, o columnatas, rodeaban el ágora típica, y a veces árboles les daban sombra. Las personas que no gustan de las ciudades, y les desagrada la democracia en su desorden, se quejaban de que las ágoras mezclaban vida religiosa y la sacrílega vida, el comercio, la política y el teatro. Pero, por supuesto, eso era tambien su atracción e importancia. El ágora simbolizaba la justicia civil; era orgánica, cambiante y urbana. Aún cuando el gobierno se trasladó al interior y el ágora evolucionó con el tiempo en el foro romano, un lugar más formal, más grandioso, la noción de la plaza pública como el alma de la vida urbana se mantuvo, por miles de años, fue crucial para la propia identidad del estado.

No creo que sea una coincidencia que a principios de 2011, la revolución egipcia se centra alrededor de la plaza Tahrir, o que el movimiento Occupy más tarde ese mismo año, en parte inspirado en la Primavera Arabe, se expresó tomando el control de plazas como Taksim, en Estambul, la Plaça de Cataluña, en Barcelona, y el parque Zuccotti en el Bajo Manhattan. Y no creo que sea una coincidencia que los extranjeros que se reunieron en lugares como Zuccotti y Taksim todos formaron ciudades emergentes en estos sitios, produciendo en miniatura (al menos temporalmente) lo que imaginaban ser los contornos de una ciudad, con distintos espacios designados para servicios legales, bibliotecas, estaciones médicas, centros de medios, cocinas sirviendo comida gratis, y los almacenes generales repartiendo ropa gratis.

Aristóteles hablaba de una polis ideal que se extendía la distancia del grito de un heraldo, un espacio cívico no tan grande que la gente no pudiera comunicarse mas cara a cara. En Zuccotti Park, un espacio contenido de sólo una cuadra de largo y ancho la policía permitió a los manifestantes, que no pudieron utilizar altavoces, comunicarse repitiendo frase por frase, como un juego masivo de ‘teléfono descompuesto’, lo que los oradores públicos, decian, de modo que todo el mundo, por así decirlo, habló con una sola voz. Como en cualquier ciudad o pueblo sano, los ocupantes de hecho no todos estabán de acuerdo sobre las metas y sueños o sobre cómo lograr un cambio político y social, aun cuando compartían el mismo espacio; y sin una estructura sostenida y organizada de gobernanza, su ocupación espontánea, inevitablemente, se desintegró, aun antes de que fuera invadida y dispersada por la policía. Dicho esto, por un tiempo Zuccotti se convirtió en una manifestación física de impulsos democráticos y esperanzas incrustados, desde los días de la ágora, en la noción misma de una plaza pública.

Crecí en Greenwich Village, viejo barrio de Jane Jacobs, donde Washington Square Park era un lugar donde me encontraba con amigos, me refrescaba en la fuente, jugaba a cachar con mi padre, y la gente observaba. Era el corazón de lo que entonces era un barrio más desaliñado pero más diverso y azaroso de lo que es el Village hoy. -el zar de la planificación urbana de la ciudad Robert Moses notoriamente quería llevar una avenida directamente a través del centro de la Plaza Washington. El que el Village se haya convertido en uno de los lugares más deseados y caros del mundo es, en gran medida debido al fracaso de Moses y la supervivencia del parque. La buena vida, otro gran urbanista de Nueva York de la época de Jacobs, escribio Lewis Mumford, implica algo más que la prosperidad compartida; implica lo que Mumford describió como un casi religioso rehacer de valores basados en una visión ecológica de la ciudad.

Visto integramente, en toda su variedad e interconectividad, la salud urbana se expresa físicamente en una configuración natural de formas construidas en toda la ciudad. El arte de la arquitectura requiere no sólo hacer edificios atractivos, sino ofrecer a los ciudadanos espacios públicos generosos, creativos, abiertos, invitadores. Y una de las verdades básicas de la vida urbanos resulta ser que hay una demanda casi insaciable de dichos lugares. Bajo la administración del alcalde Michael Bloomberg, la Ciudad de Nueva York inauguró un programa para convertir calles en los cinco condados en plazas y calles-plazas.

Convertir Times Square en una zona peatonal fue el evento principal del programa. Sin embargo, la oficina del alcalde invitó a las comunidades de todos lados a sugerir triángulos de trafico en desuso , lotes de estacionamiento y otros sitios abandonados en áreas remotas que también podrían ser reimaginadas. Se propusieron decenas de nuevos espacios públicos. La ciudad acarreo árboles en macetas, bancas, sillas y mesas, y listo, se creaban nuevas plazas. Desde entonces, no todos han sido bien mantenidos o apoyados por el Ayuntamiento. Pero algunos de ellos hicieron una diferencia inmediata en reducir la delincuencia, en impulsar el comercio local, y mejorar la vida de la calle.

La gran noticia era sólo cuánta gente ansiaba plazas públicas. Madison Square Park, últimamente renovado y uno de los parques más bellos de la ciudad de Nueva York, frente al edificio Flatiron, donde la Quinta Avenida y Broadway se cruzan. Las dos avenidas crearon por años lo que fue el crucero de calles más ancho y más difícil de manejar en Manhattan. La idea de la administración Bloomberg era convertir la mitad de esa calle en una nueva plaza pública. Un día me encontré con Michael Bierut, cuya firma de diseño , Pentagram, se enfrenta al sitio, y me dijo que había pensado que la plaza era un plan loco cuando oyó por primera vez sobre él. ¿Quién en el mundo se sentaría enmedio de la calle, se preguntaba, cuando tenías uno de los parques más bellos de la ciudad, justo allí?

“Cuan equivocado estaba”, Michael recordó después de que la plaza se completó cuando hablé con él para una columna en The New York Times. Hoy en día, el lugar está lleno de gente en días con buen tiempo, sus mesas de café y paraguas diseminados donde los camiones retumbaban por Broadway y Quinta Avenida. La nueva plaza se convirtió instantáneamente en uno de los espacios públicos más exitosos de la ciudad, con gente armada con sándwiches de jamón de Eataly, el cercano mercado de comida italiana, y hamburguesas de Shake Shack fuera del parque para sentarse en medio del tráfico, porque desde allí se puede ver el edificio Flatiron en un sentido y el Empire State Building en el otro, pero también por la misma razón que la gente gravita en torno a Trafalgar Square en Londres o la Piazza della Signoria en Florencia en lugar de Hampstead Heath o los jardines de Boboli: por estar en el medio de las cosas.

Como retiros, los parques nos dan espacio para respirar y sentirse solo. Las plazas reafirman nuestra ‘comunalidad’, nuestro sentido compartido de lugar, y nuestro deseo de ser incluidos. “Es por eso que nos congregamos cerca de la cocina en una cena en lugar de en la sala de estar”, es como Andy Wiley-Schwartz, quien dirigió el programa de plazas durante la administración Bloomberg, me describió la atracción de la plaza. “Ahí es donde ves a la gente yendo y viniendo al refrigerador para tomar una cerveza y ver las cosas que suceden.”

A new public square in the Fawwar refugee camp in the West Bank, June 2014
Adam Ferguson/The New York Times/Redux

Una nueva plaza publica en el campo de refugiados Fawwar en el banco Oeste, June 2014

Este impulso de ver cosas que suceden es universal. Por otra misión del Times, visité un campo de refugiados en el sur de Cisjordania llamada Fawwar. Allí, un arquitecto palestino, Sandi Hilal, trabajó con residentes del campo para crear una plaza pública, algo prácticamente desconocido en esos lugares. Para los refugiados palestinos, la creación de cualquier equipamiento urbano, al implicar normalidad y permanencia, socava su autoimagen fundamental, incluso después de haber pasado varias generaciones, como ocupantes temporales de los campos que conservan el derecho de retorno a Israel.

Más aún, en los campos de refugiados, lo público y privado no existe realmente como ocurre en otros lugares. No hay, estrictamente hablando, propiedad privada en los campos. Los refugiados no son dueños de sus casas. Las calles no son propiedades municipales, como lo son en las ciudades, porque los refugiados no son ciudadanos de los países receptores, y el campo no es realmente una ciudad. La noción jurídica de un campo de refugiados, según las Naciones Unidas, es un sitio temporal para personas desplazadas, apátridas, no un cuerpo cívico.

Así que no hay municipalidad en Fawwar, sólo una agencia de socorro de la ONU enfocada en servicios de emergencia. A eso es a donde los residentes recurren cuando se apagan las luces o la basura no es recogida, a menos que quieran enfrentar el problema ellos mismos. Conceptos como interior y exterior se difuminan en un lugar donde no hay propiedad privada. Una madre no siempre lleva velo en Fawwar, este en casa o en la calle, porque todo el lugar es, en cierto sentido, su casa; pero ella se pondra en cuanto sale del campo, porque eso es afuera.

En otras palabras, hay un fuerte sentido de comunidad. Y hace algunos años, Hilal-quien entonces dirigia la Unidad de mejoramiento de campamentos en Cisjordania para la Agencia de Asistencia y Obras de Naciones Unidas, junto con su marido, Alessandro Petti, un arquitecto italiano – comenzó a hablar con los residentes de Fawwar sobre crear una plaza pública . Los residentes, especialmente los hombres, sospecharon inmediatamente , no sólo sobre la normalización del campo sino de crear cualquier espacio donde hombres y mujeres podrían juntarse en público. Fawwar se estableció en 1950. Tiene menos de un cuarto de milla cuadrada, al sur de Hebrón, atiborrado con casi siete mil personas, muchos descendientes de palestinos que huyeron o fueron expulsados de sus hogares en 1948. “Me siento en casa aqui, “dijo un residente de mediana edad que nació y se crió en el campo. “Quiero el derecho de retorno para poder decidir por mí mismo si quiero vivir aquí. Es una cuestión de libertad, elegir dónde vives “.

Por supuesto, toda la cuestión se complica por la negativa de muchos estados árabes para acoger refugiados palestinos, un rechazo en parte, basado en la reivindicación del derecho de retorno. He oído que una encuesta tomada hace décadas sugiere que algunos palestinos negociarian este derecho si reciben una compensación sustancial. Pero en Fawwar la cuestión del derecho de retorno une claramente a los residentes al campo como lugar de sacrificio y resistencia compartidos. “Es un tema de arquitectura, en un aspecto,” es como Hilal lo puso. Lo que quiso decir acerca de que sea un tema arquitectónico era que la identidad en Cisjordania (aunque no sólo allí) está ligada invariablemente con nociones de pertenencia y lugar y se expresada a través de la arquitectura, incluyendo espacios públicos como plazas.

Hilal me mostró alrededor de la plaza que ella había diseñado. Dijo que el rechazo fue inicialmente feroz. “Cuando mencionabas apenas la palabra ‘plaza’, la gente en el campo se asustaba”, recordó. Pero, un contra argumento se asento paulatinamente, que implicaba abandonar lo que Hilal llamó “la estrategia de convencer a todo el mundo de la miseria de los refugiados a través de su miseria arquitectónica.” Hilal se enfocó en las mujeres, jóvenes y viejas. Al principio no querían oponerse a los hombres que estaban en contra de la plaza. Pero temían, en un enclave tan conservador, que si la plaza se construia, los hombres simplemente la tomarían , y que si las mujeres trataban de usarla, se sentirían demasiado expuestas en un espacio abierto. Ellos anhelaban un lugar para reunirse al aire libre con una celosia o recinto.

Así, el reto llegó: ¿Cómo puede un espacio hacerse abierto, de modo que los hombres, mujeres y niños puedan ser capaces de reunirse y al mismotiempo permitir a las mujeres algo de privacidad? Se decidió que una pared del altura variable debia rodear la plaza, que tenia unos 7,500 pies cuadrados. Tres refugios en desuso desde los años 1950 fueron demolidos. La pared creó una especie de casa sin techo, un espacio a la vez abierto y contenido. Los arquitectos entrevistaron a los residentes cuyos hogares estaban frente al sitio, y negociaron con cada uno por separado sobre la apariencia de la pared frente de sus casas. Lo que resultó es un lugar polvoriento en forma de L, realizado en piedra caliza y hormigón, con varias entradas, lo que ha provocado debate en el campo sobre la posición de la mujer.

La plaza ha dado a los niños un lugar para jugar fuera de las atestadas calles. Las madres que raras veces se sentian libres de dejar sus hogares para socializar en público ahora se reúnen allí para hablar, tejer, y vender lo que hacen en la plaza, una empresa que es completamente nueva en la comunidad y que una de las madres me dijeron “nos da auto -estima y un sentido de valia, como tienen los hombres “.

“Para mí,” dijo otra madre, “el cambio radical es que los hombres aquí ahora miran a las mujeres en una plaza pública como un fenómeno normal. Puedo llevar a mis hijos. Puedo encontrarme con mis amigos aquí. Estamos en nuestras casas todo el tiempo. Necesitamos salir. Queremos ser libres. Aquí, en la plaza pública, nos sentimos libres”.

Su comentario me trajo a la mente una plaza que me parecia a mi casi perfecta. Hace algunos años, me mudé a Berlín con mi esposa y nuestros dos hijos con el fin de iniciar una columna de periódico sobre asuntos culturales y sociales en toda Europa y otros lugares. Nos instalamos en un apartamento en una calle tranquila en el oeste y pronto descubrimos Ludwigkirchplatz, una plaza, a dos cuadras de distancia. Se desplegaba en la parte trasera de una iglesia de ladrillo rojo de estilo neogótico de los 1890’s, St Ludwig, es una de las pocas iglesias en pie en Berlín. Varias calles convergían desde diferentes ángulos a la plaza, que solía ser el centro de Wilmersdorf, un frondoso cuartel adoquinado cuyas raíces se remontan al menos al siglo XIII. George Grosz y Heinrich Mann vivían cerca. No hace mucho tiempo, por decision de los administradores de Berlín, Wilmersdorf fue fusionado para formar un distrito más grande, Charlottenburg-Wilmersdorf, que incluye el Ku’Damm -el Kurfürstendamm- una versión descolorida pero impertérrita de Berlin Oeste de Broadway o los Champs_Élysées de Paris, con sus deslumbrantes concesionarias de automóviles y sus extensas tiendas departamentales, .

Ludwigkirchplatz esta fuera del camino trillado. Si varias calles conducen a ella directamente desde el Ku’damm, son calmadas, y aun puedes venir hacia la plaza como si llegaras a un claro en el bosque. Estas son adormecidas calles de estuco, piedra y edificios de apartamentos de hormigón con pequeñas tiendas vendiendo graciosos suministros para danza del vientre, juguetes sexuales para gays, los puros cubanos, y vino alemán. La plaza se anuncia gradualmente, desde la distancia, con el sonido de niños jugando y campanas de iglesia.

No es exactamente la forma de un reloj de arena, pavimentado con ladrillos estampados y sombreada por hileras de tilos, con mesas de café desparramandose de los bares frente a la plaza. Un parque infantil de arena se asienta debajo del surgiente ábside de la iglesia. Un elevado semicírculo de bancas mira para atras  hacia las mesas de café y a un par de mesas de ping-pong de hormigón ligeramente inclinadas, que hacen buen negocio con buen tiempo. Una plaza entre las mesas de café y las mesas de ping-pong es el escenario principal de la plaza , donde los jovenes en patineta compiten con los niños pequeños, los paseantes de perros, las jóvenes madres empujan a sus bebes en costosas carriolas, y las viudas de Wilmersdorf, última generación de sobrevivientes de la guerra, no muy distintas de las matronas italianas que recuerdo de mi infancia en el Village, e igualmente criticas.

Algún día perderemos todo esto y volveremos a casa, me dije cuando llegué a esa hermosa plaza bajo la imponente aguja de la iglesia y me acomodé en las bancos junto al area de juegos, donde a nuestros hijos les encantaba jugar. La plaza era un hogar, que nos atraia a diario como lo hacía con nuestros vecinos. Con la habitual mezcla de tristeza y orgullo, vi a nuestro hijo mayor, de solo ocho años cuando nos mudamos, crecer de partido en partido, aprender a jugar al ping-pong en las mesas ladeadas; Vi a nuestro hijo menor aprender a caminar en la caja de arena cerca de los columpios. En diciembre, cuando la plaza estaba en silencio y brevemente tomada por los inmigrantes turcos vendiendo árboles de Navidad, arrastramos nuestro árbol a nuestro apartamento después de un pesado almuerzo alemán en el viejo bar de la esquina que tenía una vista especialmente encantadora de la adormecida adormecidas area de juego y las deshojadas ramas a través las empañadas ventanas.

Declarábamos la llegada de la primavera tan pronto como podíamos despejar la nieve de las mesas de ping-pong. Wilmersdorfers desesperados porque el invierno terminara estaban allí, también, envueltos en mantas, temblando en las mesas de café al aire libre frente a la plaza. Si una polis se mide por la longitud del grito de un heraldo, una parroquia se extiende la distancia del tañer de la campana de la iglesia, y las campanas de San Ludwig , aunque ensordecedoras en la plaza, se filtraban a través de las calles circundantes, aglutinando al barrio .

En nuestro último día antes de regresar a Nueva York, uno de los cruelmente perfectos domingos, bañados por el sol de verano en Berlín , mi hijo mayor y yo regresamos a la plaza para unos últimos juegos. La plaza estaba llena de emigrantes rusos recien llegados y niños con conos de helado de la heladería italiana enfrenta del area de juegos . “Todo es como debe ser”, rscribio una vez Nabokov . “Nada va a cambiar nunca, nadie va a morir.” El olor a pan fresco emanaba de una panadería orgánica, justo saliendo de la plaza, mezclandose con el perfume de los tilos en flor. Patinetas traqueteaban sobre la plaza empedrada. Las campanas doblaron por lo que pareció una hora esa tarde. Hemos jugado un partido tras otro, esperando en vano que el tiempo pasara lentamente.

La plaza perfecta, resulta que es también un estado de ánimo.

 

Acerca de salvolomas

Asociación vecinal, formada con objeto de preservar la colonia habitacional unifamiliar preponderantemente, con calles de trafico calmado, seguras para la bici, parques, banquetas adecuadas para ir caminando a centros de barrio con comercios y servicios y oficinas solo en áreas designadas.
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