‘No Privatices Mi Propiedad Privada’

Origen: TheCityFix Mexico | Sustainable Urban Mobility

Franeleros en Coyoacán. (Foto: Jordan Fraade)

Cada día les veo en las calles de mi barrio: Hombres vestidos con camisetas sueltas y gorras de béisbol, vigilando los bordes de las banquetas, agitando toallas rojas y gritando “¡viene, viene!” a los conductores que pasan. Para un estadounidense como yo, acostumbrados al “derecho” de estacionarse en la calle gratis, los franeleros de la Ciudad de México representan un choque cultural. Operan independientemente del gobierno y establecen control sobre los espacios de estacionamiento en barrios a través de la ciudad. Ayudan los conductores a encontrar espacios libres, a veces guardan las llaves y vigilan el coche mientras el conductor no está para, al final, cobrar por el servicio. Los residentes de la Ciudad de México se debaten entre ellos si este cobro es una propina o más bien una forma de extorsión.

Muchos conductores odian a los franeleros y creen que expropian espacio público para beneficio privado. No hay duda de que el estacionamiento en México es caótico y mal gestionado. Pero, ¿los franeleros serán un síntoma o una causa? Hace unos años, la ciudad propuso la instalación de parquímetros en Coyoacán, un barrio lindo con calles coloniales, restaurantes y bares populares… y severos problemas de estacionamiento. Hubo una reacción muy fuerte en contra de los cambios y la ciudad abandonó los planes, pero todavía hay afiches que se manifiestan contra los parquímetros por todo el barrio. “La calle es de todos”, dicen. “Vecino, no dejes que privaticen tu calle”.


Lona contra la instalación de parquímetros en Coyoacán. (Foto: Jordan Fraade)

Y de repente, la teoría se convierte en la práctica. El invierno pasado tomé un curso con Donald Shoup, profesor de planeación urbana en UCLA y el “parking gurú” que ha cambiado la manera en que los urbanistas vemos el estacionamiento. Sus ideas sobre el valor del aparcamiento en la calle son una explicación perfecta sobre lo que está pasando en Coyoacán. Shoup cree que el estacionamiento callejero es sistemáticamente más barato de lo que debería. Según el concepto económico de oferta y demanda, cuando un recurso escaso se regala, causa una demanda excesiva, lo que resulta en congestión vial, contaminación ambiental y riesgos de seguridad.

La única manera de resolver este problema es tratar al estacionamiento callejero como cualquier otro producto económico: cobrar el precio que permita el mercado y exigir que los conductores paguen por su uso.

El argumento de Shoup, desarrollado en su libro El Alto Costo del Estacionamiento Gratuito (en inglés), se enfoca en asuntos económicos. Pero aquí en la Ciudad de México, el estacionamiento gratuito es también un asunto de equidad social. Aunque “Cochetitlán” es uno de los apodos de esta ciudad, los autos privados representan una parte muy pequeña de los viajes en la ciudad ─sólo 20%, de acuerdo con CTS EMBARQ México─. La mayoría de los chilangos viajan en transporte público, bici o a pie. Tampoco son igualmente distribuidos los coches entre la población de la ciudad. En el prefacio de un reporte sobre los parquímetros en la Ciudad de México, el profesor Shoup dice que “menos de la mitad de los hogares en la ciudad poseen un automóvil y, en promedio, los hogares con auto tienen un ingreso más de dos veces superior a los hogares sin automóvil”.

Cuando veo afiches en mi barrio (Coyoacán) ─uno de los más deseados en la ciudad─ que advierten sobre “la privatización de la calle,” siempre pienso en las estadísticas de arriba. En mi opinión, las calles de la Ciudad de México ya han sido privatizadas dos veces. Primero, cuando una minoría más próspera que el ciudadano promedio puede guardar su propiedad privada en las calles públicas gratuitamente. Esto toma espacio que, si fuera verdaderamente público, pertenecería a peatones, mercancías, ciclistas y todos los miembros del barrio.


Franelero en la Ciudad de México. (Foto: Jordan Fraade)

Segundo, cuando los franeleros privatizan otra vez este espacio al expropiar las calles y cobrar a los conductores por estacionarse en lugares “libres” (gratuitos), con la amenaza implícita de violencia si no pagan. He preguntado a muchas personas en mi barrio cómo operan los franeleros: si tienen algún tipo de acuerdo secreto con el gobierno y cómo se distribuye el dinero. Cada persona me ha dado una respuesta distinta. Más allá de los detalles, no creo que los parquímetros generen algún cambio en la calle que el estacionamiento gratis y los franeleros no hayan hecho ya.

Al mismo tiempo, me ha tocado entender por qué tantos chilangos ven los parquímetros con ojo sospechoso. En su libro, Shoup discute el caso de Pasadena, California (cerca de Los Ángeles), donde se instalaron parquímetros en el centro histórico pero también se etiquetaron los ingresos para mejoras comunitarias. En Pasadena, casi todos los ingresos de los parquímetros se regresaron al barrio. Aquí, en contraste, los parquímetros son operados por un concesionario privado que recoge el 70% de los ingresos, dejando el 30% para el mejoramiento del barrio. Una investigación de Vice News encontró que hay muy poca transparencia sobre este 30%. Además, durante mi estancia en México, me he dado cuenta que cuando los mexicanos expresan temor por la corrupción gubernamental, debo olvidar mis supuestos estadounidenses; es decir, en una situación que quizás llamaría “teoría conspiratoria” en mi país, aquí es un escenario perfectamente plausible ─aun cuando la meta es tener mejores calles y más seguras─.


El gobierno dejó la decisión sobre la colocación de parquímetros en Coyoacán a una consulta ciudadana entre vecinos. (Foto: Jordan Fraade).

Cuando escribí sobre mi trabajo en CTS EMBARQ México hace unas semanas, mencioné las similitudes que veo entre la Ciudad de México y Los Ángeles, así que surge la pregunta: ¿llegarán los franeleros a Los Ángeles? Creo que no. Muchos aspectos de su trabajo no se trasladan bien al contexto estadounidense. Por ejemplo, los franeleros cuentan con un sistema de informalidad económica que es constante en México pero no tiene equivalente en ninguna ciudad estadounidense. Además, Los Ángeles cuenta con un verdadero océano de estacionamientos, así que la competencia para buscar espacios es menos feroz. Pero entre las dos ciudades, existe un mismo patrón: tratamos un recurso escaso y valioso como si fuera un derecho; y obligamos a quienes no tienen coche a subsidiar a quienes sí lo tienen. Quizás no serán franeleros, pero mientras en Los Ángeles continuemos enamorados de la idea del estacionamiento gratuito, no tardará en llegar quien logre descifrar la manera de “hackear” el sistema.

Artículo publicado en el blog Global Public Affairs el 21 de agosto de 2016 (en inglés).

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*Este artículo es responsabilidad exclusiva del autor y no representa, necesariamente, la postura del CTS EMBARQ México, del World Resources Institute o de este portal.

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