Teorias sobre Planeacion Urbana de Jane Jacobs y la democracia en EUA 

Origen: Jane Jacobs’s Theories on Urban Planning—and Democracy in America – The Atlantic

Las Profecias de Jane Jacobs

Se la conoce por defender la diversidad urbana. Pero su verdadera presciencia yacía en sus temores sobre la fragilidad de la democracia en América.

El año en que cumplió 18 años, Jane Butzner viajó desde su ciudad natal de Scranton, Pensilvania, a la aldea de Higgins, Carolina del Norte, en los Apalaches, donde se encontró con un misterio que la persiguió durante el resto de su vida. Era 1934, a la mitad de la Gran Depresión, un tiempo difícil conservar un trabajo, incluso uno sin paga. Butzner-después-Jacobs había sido despedida del The Scranton Republican después de casi un año de trabajar sin paga como un reportero novato. A sugerencia de sus padres, se fue a vivir en las montañas con su tía Martha Robison, una misionera presbiteriana. Robison había llegado a Higgins 12 años antes en una misión y estaba tan asombrada por su pobreza, que se negó a salir. No había carreteras pavimentadas, la escuela rara vez sesiónaba, el predicador analfabeta creía que el mundo era plano, y el comercio se realizaba por medio del trueque. Robison construyó una iglesia y un centro comunitario, adopto niños, y establecio clases de cerámica, de tejido y trabajo de madera. Sin embargo, la gente del pueblo continuó viviendo una existencia primitiva en la que, como la sobrina de Robison dijo después, “la rotura de un azadón o la oxidación de un arado planteaba una grave crisis financiera.”

Jane Jacobs escribió sobre Higgins en las Cities and the Wealth of Nations (1984) y Dark Age Ahead (2004), pero su ejemplo negativo se cierne sobre todo el cuerpo de su trabajo. Higgins no siempre había sido atrasada. A principios de 1700, como lo señala Jacobs en Cites and the Wealth of Nations, sus fundadores, tres hermanos ingléses llamados Higgins y sus familias, poseía una amplia gama de conocimientos y habilidades: el hilado y tejido, construcción de telares, ebanistería, molienda de maíz, construcción de casas y molinos de agua, la producción de leche, cria de aves de corral y de cerdos, la jardinería, destilación del whisky, la cría de perros de caza, la hechura de melaza de la caña de sorgo, cestería, hornear galletas, hacer música con violines …
Para la década de los 1920’s, los descendientes de los hermanos habían perdido casi todas estas, a excepción del hacer melaza, que se vendía en la cabecera municipal, Burnsville, a 12 millas de distancia. Sin embargo, la mayoría de los residentes nunca había viajado tan lejos, debido a que la única manera de llegar allí era a lomo de mula en una dificil vereda de montaña . Las velas eran un lujo que estaba desapareciendo. Después de que las pocos vacas restantes murieran, no habría más leche o mantequilla. Una mujer todavía recordaba cómo tejer cestas, pero estaba cerca de morir. Cuando Robison sugirió construir la iglesia con grandes piedras del arroyo, los ancianos de la comunidad le reprendieron. A lo largo de generaciones la gente del pueblo había simplemente olvidado cómo construir con piedra. Habían perdido el conocimiento de que tal cosa era posible. ¿Cómo es que Higgins había caído tan bajo?, el aislamiento de las montañas contribuyó, pero no fue el único factor. Después de todo, igual suerte, había caído sobre ciudades mucho más grandes, e incluso imperios -Roma, los Olmecas, el Nuevo Reino de Egipto, y tal vez otras civilizaciones, como la gente que pintó las cuevas de Lascaux, para las cuales ni siquiera tenemos nombres. “Supón, hipotéticamente, que el mundo se comportara como un solo imperio perezoso en decadencia “, escribió Jacobs. Algo así podría suceder si las ciudades en muchos lugares se estancaran simultáneamente o en rápida sucesión. O podría suceder si el mundo llegara a ser, de hecho, un solo imperio perezoso … Todos tenemos nuestras pesadillas sobre el futuro de la vida económica; esa es la mía.

En el centenario de su nacimiento, Jacobs ha sido recordada como nuestro Solon de las ciudades: un teórico astuto que reveló cómo funcionan las ciudades, por que prosperan y por qué fallan. Jacobs vivió hasta la edad de 89, lo suficiente para ver sus renegadas teorías convertirse en sabiduría convencional. Nadie duda más que los barrios animados requieren diversidad de uso y función, que más calles nos conducen a más coches, que los edificios históricos deben ser preservados, que la inversión en transporte público reduce el tráfico y promueve la actividad de barrio, que “el cambio gradual y flexible” es casi siempre preferible a la “cataclísmica”, remodelación de amplio alcance ..

Cuando fallan las ciudades , fallan por las mismas razones que las democracias fallan.
La vida urbana era la gran asignatura de Jacobs. Pero su gran tema fue la fragilidad de la democracia -cuán difícil es mantenerla, cuán fácilmente puede desmoronarse. Una ciudad ofrece el laboratorio perfecto donde estudiar los intrincados, e interconectados engranajes y balística de la democracia. “Cuando tratamos con ciudades”, escribió en The Death and Life of Great American Cities (1961), “estamos tratando con la vida en su forma más compleja e intensa.” Cuando las ciudades son éxitosas, representan la manifestación más pura de los ideales democráticos: “las ciudades tienen la capacidad de proporcionar algo para todo el mundo, sólo porque, y sólo cuando, que son creadas por todos.” Cuando fallan las ciudades, fallan por las mismas razones que las democracias: corrupción, tiranía, homogeneización, sobre especialización, deriva cultural y atrofia.
En un año en que la democracia estadounidense ha cortejado al despotismo, la obra de Jacobs ofrece una advertencia y un desafío. Su objetivo nunca fue meramente para ilustrar a los urbanistas. En su trabajo, argumentó, con urgencia creciente, que la distancia entre Nueva York y Higgins no es tan grande como parece. No es en absoluto muy grande y se está encogiendo.

Cuatro nuevos libros están unidos en su determinación de socavar el mito seductor de que Jacobs, como su biógrafo Peter L. Laurence dice, “era primeramente una ama de casa con habilidades inusuales para observar y defender el entorno doméstico de su casa en Greenwich Village.” Esta línea fue codificada en 1962 por _ el crítico de arquitectura del New Yorker, Lewis Mumford en una reseña de 30 páginas de The Death and Life que llamó al libro “una mezcla de sentido y sentimentalismo, de juicios maduros y aullidos de niñas de escuela.” (Si Mumford fue responsable del tiltular del artículo: “Remedios Caseros de la Madre Jacobs”, parece que lo lamentó. En su colección The Urban Prospect de 1968, aparece bajo de un moderadamente menos machista “Remedios Caseros para el Cáncer Urbano.”) El alegato de amateurismo pasaba a menudo sin desafio, porque la mayor parte del considerable volumen de escritos de Jacobs previos a The Death and Life of Great American Cities se publicaron sin nombre del autor. University of Pennsylvania Press

Dos nuevas biografías –“Becoming Jane Jacobs”, de Laurence es un vívido estudio de cerca del desarrollo intelectual de Jacobs, y Eyes on the street: The Life of Jane Jacobs de Robert Kanigel es más amplio: así como una antología de artículos y discursos previamente sin recopilar, “Vital Little Works: The Short Works of Jane Jacobs”: y Jane Jacobs: The Last Interview and Other Conversations corrigen el record. Cuando publicó su obra maestra, a la edad de 45 años, había estado escribiendo sobre el desarrollo urbano por casi una década en docenas de largos artículos para el Architectural Forum. Previo a esto, ha estado escribiendo como un servicio directo, sobre la democracia americana.

Después de seis meses de purgatorio en Higgins, Jacobs se mudó a Brooklyn con la meta de convertirse en una escritora. Dentro del año, comenzó a escribir una serie de columnas Lieblingescas para Vogue sobre los distritos de las pieles, los cueros, los diamantes y las flores de Nueva York: “Todos los ingredientes de una historia de lavanda y viejos encajes, con un bullicioso y contrastante fondo, están en el distrito de flores al mayoreo de Nueva York”.  Se inscribió en clases del Programa de Extensión de Columbia University, muchas de ellas en geografía económica, el estudio interdisciplinario de economía, historia, cultura y medio ambiente. (Posteriormente se llamaría a sí misma una “naturalista de la ciudad”.) En uno de estos cursos Jacobs posiblemente se encontró con Ciudades Medievales: Sus origenes y el Resurgimiento del Comercio (1925) de Henri Pirenne: que explicaba cómo las ciudades promueven valores democráticos, y ella lo cita frecuencia a lo largo de su carrera. Pero fueron un par de clases de derecho constitucional estadounidense lo que la inspiró para su primer libro.

Constitutional Chaff fue publicado por Columbia University Press a pesar de la corta edad del autor (24) y la falta de un título universitario. Es una recopilación de propuestas fallidas de la Convención Constituyente de 1787, tales como una tercera cámara del Congreso y elección directa de un Senado que nunca estaría sin sesiónar. En su introducción Jacobs argumentó que el intenso debate sobre el texto de la Constitución reflejaba el alma de la democracia estadounidense tan vívidamente como el documento ratificado lo hizo. Los perdedores merecían ser escuchados incluso siglo y medio después de que sus argumentos habían sido derrotados. Era un sentimiento que los Fundadores esforzandose para proteger los derechos de las facciones minorias habrían aclamado.

Después de escribir sobre el gobierno de los Estados Unidos Jacobs fue a trabajar para él. Pasó la mayor parte de la siguiente década como propagandista profesional. En la Oficina de _ Información de Guerra de EUA donde se incorporó en el otoño de 1943, escribió artículos sobre E.U.A., historia, industria y política para colocar en la prensa extranjera. Su jefe de la oficina alabó “su rápida comprensión del trabajo de propaganda por hacer.” Después de la guerra fue contratada por el Departamento de Estado para incorporarse al personal de Amerika, uno de los esfuerzos más gloriosos de la auto-mitologizacion que la nación ha producido .

La publicación que tuvo su origen en un acuerdo entre Franklin D. Roosevelt y Stalin en Yalta para expandir la diplomacia cultural entre las dos naciones fue diseñado para asemejarse a la revista Life con articulos ilustrados sobre Radio City Music Hall Benjamin Franklin, los desiertos de Arizona y el Senado. La circulación se limitó inicialmente a 10.000 ejemplares no suficientes para satisfacer la demanda; escribe Laurence que aunque el precio oficial en 1946 fue de 10 rublos (83 centavos de dólar), se vendian en el mercado negro por 1000. (Los soviéticos produjeron una publicación contraparte Soviet Life pero a pesar de sus mejores esfuerzos- de sus editores “Reminiscencias de Leonid I. Brezhnev”, “Una guía a las 15 repúblicas de la Unión”, “Tashkent la ciudad hermana de Seattle ” -de alguna manera no logró atraer seguidores conmensurables en los EE.UU. En un edificio de oficinas de Manhattan cerca de Columbus Circle Jacobs escribió artículos sobre las cafeterías americanas la Serie Mundial y arte moderno y la ropa de maternidad modelados para una publicacion sobre la moda femenina.
Ella era sensible a la opinión del lector. Kanigel menciona una de las críticas que pueden haber contribuido a dar forma su carrera posterior. En 1949 V. Kusakov de la Academia de Arquitectura de la U.R.S.S. se quejó en una publicación soviética sobre dos artículos, sin credito pero escritos por Jacobs alabando el trabajo de Frank Lloyd Wright y otros arquitectos modernos. Kusakov atacó Amerika, por descuidar la cobertura de la noticia más importante: “. La creciente crisis de vivienda, que las ciudades de los Estados Unidos están experimentando” El capitalismo estadounidense Kusakov escribió “condena a la mayoría de la población a una existencia negativa y muerte en malolientes cespols, en barrios pobres sin aire, luz solar, y árboles o arbustos”.

Jacobs fue posiblemente uno de los nombres en la lista infame de Joseph McCarthy.
La columna inquietó a Jacobs quien respondió con una investigación a fondo de la vida en los barrios centricos de las ciudades de Estados Unidos. En su artículo, propuso la demolicion de barrios y la construcción de torres de apartamentos de gran altura, remedios que más tarde critico. Kanigel sugiere que Jacobs no estaba entonces del todo satisfecha con estos argumentos. “Esta pregunta aparentemente estrecha se saldria fuera de sus fronteras originales”, escribe “y se convierte en algo grande para masticar, ampliandose en una de las cuestiones más importantes de todas:? ¿Que es, realmente la buena vida” En otras palabras, ¿Como podría una política urbana promover la vida, la libertad y la búsqueda de la felicidad?
Random House
For her devoted, thoughtful work in service of American mythos, Jacobs came under federal investigation for suspected ties to the Soviet Union. At the State Department, she’d had the misfortune of serving under Alger Hiss. When she tried to travel to Siberia in 1945 to report a freelance article, she asked Hiss for help securing a visa. As Hiss was already under secret investigation for espionage, the request roused the suspicion of the FBI. Jacobs, Laurence writes, was likely one of the names on Joseph McCarthy’s infamous list of known Communists “working in and shaping policy in the State Department.” J. Edgar Hoover demanded to oversee her investigation himself. During the course of four years, Jacobs was required to sign multiple Oaths of Office, declare that she was not a Communist or a Fascist, and endure a series of interrogations by the State Department’s Loyalty Security Board. At least 13 of her friends, family members, and colleagues were interviewed by FBI agents. One informant said that he believed her to be a Communist sympathizer because she lived in Greenwich Village.

By 1952, she’d had enough. After yet another inquiry—requesting her views on, among other things, the Marshall Plan, the United Public Workers of America, and atomic energy—she sent the board an 8,000-word defense that remains the most powerful declaration of her moral convictions. “I was brought up to believe that there is no virtue in conforming meekly to the dominant opinion of the moment,” she wrote, defending her integrity and shaming her inquisitors.

I was encouraged to believe that simple conformity results in stagnation for a society, and that American progress has been largely owing to the opportunity for experimentation, the leeway given initiative, and to a gusto and a freedom for chewing over odd ideas. I was taught that the American’s right to be a free individual, not at the mercy of the state, was hard-won and that its price was eternal vigilance, that I too would have to be vigilant.
In The Death and Life of Great American Cities, Jacobs sought to translate these principles of individual liberty into urban design.
This was not an intuitive process. What ratio of green space to residential acreage was most conducive to individual liberty? Did tenement buildings or high-rise towers create better opportunities for experimentation? What block length, what width of sidewalk, what frequency of stoplights best encouraged the chewing-over of odd ideas?

She pursued this line of questioning at Architectural Forum, the leading architectural publication of its day, after resigning from the State Department in 1952. The magazine was edited by Douglas Haskell, whom Laurence identifies as the crucial figure in Jacobs’s intellectual maturation. Like Jacobs, Haskell lacked an academic pedigree and paired “an anti-utopian streak” with a faith in the power of architecture to bring about social change, for better and for worse. Shortly after her hire, Haskell announced that Forum would intensify its emphasis, already significant, on “the problems of cities.” Was urban renewal—which James Baldwin would later call “Negro removal”—improving the slums of America’s great cities? If not, what else should be done?
Melville House
Jacobs wrote numerous un-bylined articles in favor of theories she would later ridicule. She lionized her future nemeses, the city planners, writing that “the first—the most elementary—lesson for downtown is simply the importance of planning.” She continued to argue in favor of superblocks and for demolishing entire neighborhoods of blighted buildings. In a 24-page feature about shopping centers, she called for downtowns to model themselves after suburban malls. The flaw in her thinking was not purely ideological; she did write critically of the “homogenized simplicity” of new developments and praised planners who made a token effort to preserve older buildings. But poor journalistic habits cost her. She didn’t always travel to see the cities and building projects she wrote about, relying instead on the sketches, photographs, prospectuses, and blueprints sent by architects to the magazine. She violated one of the eventual maxims of Death and Life, that “no other expertise can substitute for locality knowledge in planning.”
A revelation came during a tour of Philadelphia—a tour she may well have taken only after she published a laudatory essay about the city’s redevelopment efforts in 1955. Her guide was Philadelphia’s planning-commission director, Edmund Bacon, “the grand poobah” of American planning, who would later appear on the cover of Time as the face of urban renewal. Bacon took Jacobs on a before-and-after tour of his city. “Before” was represented by a street in a condemned black neighborhood; “after” was a towering new housing project. Before Street, Kanigel writes, “was crowded with people, people spilling out onto the sidewalk, sitting on stoops, running errands, leaning out of windows.” After Street was flat and deserted, with the exception of a lone boy kicking a tire.

Jacobs urged respect for “strips of chaos that have a weird wisdom of their own.”
“Not only did [Bacon] and the people he directed not know how to make an interesting or a humane street,” Jacobs later said, “but they didn’t even notice such things and didn’t care.” In early 1956 she took a series of tours of East Harlem led by William Kirk, a community activist and the director of the Union Settlement Association. He showed her how the construction of 10 housing projects had destroyed not only the neighborhood’s small businesses but the communities they had sustained. A more personal incitement came from Robert Moses’s long-standing plans to redevelop Jacobs’s own beloved neighborhood of Greenwich Village. Moses proposed extending Fifth Avenue through Washington Square Park in the form of a sunken highway, and razing 26 blocks to clear space for a pair of gargantuan housing projects. When Douglas Haskell asked Jacobs to take his speaking slot at an urban-design conference at Harvard in April 1956, before an audience of the nation’s most powerful planners and critics, she let them have it.

Her 1,500-word speech, a version of which appears in Vital Little Plans, became the basis for The Death and Life of Great American Cities. Her main argument was Kirk’s: Small neighborhood stores, ignored by the planners in their grim demolition derby, were essential social hubs. She added that sidewalks, stoops, laundries, and mailbox areas were also indispensable centers of community activity, and that sterile, vacant outdoor space served nobody. “The least we can do,” she said, “is to respect—in the deepest sense—strips of chaos that have a weird wisdom of their own.”
That “weird wisdom” was the wisdom of crowds: the customs and habits that people in cities, left to their own devices, developed while living in close proximity to one another. The planners had been guided by aesthetic concerns, favoring clean lines, geometric shapes, and vast boulevards that were beautiful so long as they were seen from the window of an airplane. But Americans didn’t need a new utopia. They already had a system that, while messy and imperfect, produced a thriving society.

In Death and Life, Jacobs converted democratic values into design policy. This was no magic trick—it was achieved through close observation. Through better reporting, she became a better theorist. The vitality that planners like Bacon and Moses hoped to create already existed. She had seen it herself, not only in the tenements of East Harlem but in Greenwich Village. The two neighborhoods—one doomed, one celebrated for its bohemian spirit—were more alike than not, just as the blocky brick towers of Stuyvesant Town, the celebrated middle-class development where Jacobs’s sister lived, were as dreary as Harlem’s carceral George Washington Houses.

How did America stack up against Rome, Babylon?
Reduced to a word, Jacobs’s argument is that a city, or neighborhood, or block, cannot succeed without diversity: diversity of residential and commercial use, racial and socioeconomic diversity, diversity of governing bodies (from local wards to state agencies), diverse modes of transportation, diversity of public and private institutional support, diversity of architectural style. Great numbers of people concentrated in relatively small areas should not be considered a health or safety hazard; they are the foundation of a healthy community. Dense, varied populations are “desirable,” Jacobs wrote,

because they are the source of immense vitality, and because they do represent, in small geographic compass, a great and exuberant richness of differences and possibilities, many of these differences unique and unpredictable and all the more valuable because they are.
James madison couldn’t have put it better, though he tried. He addressed the issue in Federalist Paper No. 9, his effort to answer one of the most vexing problems facing the Framers of the Constitution: how to safeguard their new democracy against insurrection or despotism. Madison argued that as you increase the “variety of parties and interests” contained within a republic, “you make it less probable that a majority of the whole will have a common motive to invade the rights of other citizens.” Jacobs saw that the same principle held in cities. It is not a coincidence that she described city planners, and the businessmen and politicians who enabled them, as tyrants: “neurotic,” “destructive,” and “impossibly arrogant.”

Jacobs warns of allowing political campaigns “to construct new reality.”
“We need all kinds of diversity,” Jacobs concluded in Death and Life, “so the people of cities can sustain (and further develop) their society and civilization.” In later books, particularly The Economy of Cities (1969) and Cities and the Wealth of Nations (1984), she expanded this point, arguing that the fate of a civilization rested on the vitality of its major cities. In her final book, published in 2004, she applied her analysis to our own civilization. What was the current condition of our great cities? How did America stack up against Rome, Mesopotamia, Babylon? What future could we expect if we continued on our current path? She called the book Dark Age Ahead.
Her Cassandra tale is given greater credibility by the fact that many of her direst predictions have already been realized. Within three years of publication, “the miracle of money growing on houses” was revealed to be a mirage that threatened to take down much of the financial system with it. Gentrification, which Jacobs first warned against in Death and Life, was exacerbated in New York City and elsewhere when local governments failed to set aside sufficient affordable public housing. The Total Information Awareness program, a government data-mining surveillance system that she warned against on the book’s final page, morphed into prism, the classified surveillance program exposed by Edward Snowden. These seemingly disparate dangers, Jacobs argued, rose from a common cause: a moral weakening, or drift, accelerated by cultural rot.

In her comparative study of fallen empires, Jacobs identifies common early indicators of decline: “cultural xenophobia,” “self-imposed isolation,” and “a shift from faith in logos, reason, with its future-oriented spirit … to mythos, meaning conservatism that looks backwards to fundamentalist beliefs for guidance and a worldview.” She warns of the profligate use of plausible denial in American politics, the idea that “a presentable image makes substance immaterial,” allowing political campaigns “to construct new reality.” She finds further evidence of our hardening cultural sclerosis in the rise of the prison-industrial complex, the prioritization of credentials over critical thinking in the educational system, low voter turnout, and the reluctance to develop renewable forms of energy in the face of global ecological collapse.
No reader of Jacobs’s work would be surprised by the recent finding by a Gallup researcher that Donald Trump’s supporters “are disproportionately living in racially and culturally isolated zip codes and commuting zones.” These zones are latter-day incarnations of Higgins: marooned, amnesiac, homogenous, gutted by the diminishment of skills and opportunities. One Higgins is dangerous enough, for both its residents and the republic to which it belongs. But the nation’s Higginses have proliferated to the point that their residents have assumed control of a major political party.

In the foreword to the 1992 Modern Library edition of Death and Life, Jacobs likens cities to natural ecosystems. “Both types of ecosystems,” she writes, “require much diversity to sustain themselves … and because of their complex interdependencies of components, both kinds of ecosystems are vulnerable and fragile, easily disrupted or destroyed.” Dark Age Ahead reminds us how many powerful, technologically advanced cities—and empires—have come before us, only to fade to dust. When they fall, they do not recover. The vanished way of life “slides into an abyss of forgetfulness, almost as decisively as if it had not existed.” Karl Marx, who spent his life studying the subject, observed that history repeats itself, the first time as tragedy, the second time as farce. This topsy-turvy election year makes one wonder whether he might have gotten that backwards. We’ve had farce, that much is certain. What will the next time bring?

REVIEWS

Becoming Jane Jacobs
By Peter L. Laurence
University of Pennsylvania Press
Eyes on the Street: The Life of Jane Jacobs
By Robert Kanigel
Knopf
Vital Little Plans: The Short Works of Jane Jacobs
By Jane Jacobs, Edited by Samuel Zipp and Nathan Storring
Random House
Jane Jacobs: The Last Interview and Other Conversations
By Jane Jacobs
Melville House

Acerca de salvolomas

Asociación vecinal, formada con objeto de preservar la colonia habitacional unifamiliar preponderantemente, con calles de trafico calmado, seguras para la bici, parques, banquetas adecuadas para ir caminando a centros de barrio con comercios y servicios y oficinas solo en áreas designadas.
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