El Gozo de la Calle

Me he sentido en casa en ciudades tan diversas y extrañas a mi como Barcelona, Cracovia, Ciudad de México y Sarajevo. Todo lo que necesito es una calle llena de gente y estoy feliz. Como la mayoría de nuestros hábitos, mi amor por la vida de calle tiene sus orígenes en mi niñez. Estuve solo y miserable, pero no siempre aburrido, y a veces casi feliz viendo tantas cosas extrañas e interesantes. Si algo me hizo ser quien soy, fue el vivir como vagabundo en las calles.

Origen: The Joy of the Street | by Charles Simic | NYR Daily | The New York Review of Books

Prague Street 1964.jpg
Elliott Erwitt/Magnum Photo

Prague, 1964

Me he sentido en casa en ciudades tan diversas y extrañas a mi como Barcelona, Cracovia, Ciudad de México y Sarajevo. Todo lo que necesito es una calle llena de gente y estoy feliz. Entre ir de turista a recorridos para ver las vistas u observar a los locales atendiendo sus asuntos, por lo general elijo esto último. Aún esperar en una esquina por alguien que siempre llega tarde es preferible a mí que escuchar a un guía de turístas. Dickens mientras viajaba por los Alpes suizos se quejaba en sus cartas de la falta del ruido callejero, que consideraba indispensable para escribir. Necesitaba el laberinto de calles y barrios de Londres donde podía vagar continuamente. Si uno quiere informarse sobre un país, su pueblo y sus costumbres, no hay mejor manera que vagar por una de sus ciudades y ver cómo viven los ricos y los indigentes.

A un hombre bien vestido y ocioso solían llamarlo un flâneur, un tipo ahora raro y virtualmente extinto; un explorador urbano y un mirón, curiosidad y pereza por partes iguales. Baudelaire era uno. En su “El pintor de la vida moderna” recuerda una historia de Edgar Allen Poe, llamada “El hombre en la multitud”, en la que un convaleciente, que acaba de escapar de la sombra de la muerte, mira con asombro a la gente pasando sentado trás una ventana de un café. Finalmente, se apresura en la multitud en busca de una persona desconocida cuya cara vislumbró por un momento y que le intrigó mucho, y pasa el resto de la noche persiguiendo a ese hombre a través de Londres, sólo para descubrir que está constantemente en movimiento, nunca descansando por mucho tiempo y aparentemente sin necesidad de dormir.

Como la mayoria de nuestros hábitos, mi amor por la vida callejera tiene sus orígenes en mi niñez. Nací y crecí en Belgrado, en el mero centro de lo que entonces era la capital de la ex Yugoslavia. Vivía en un edificio de apartamentos de cuatro pisos y en mi mente la calle bajo nuestra ventana era mi patio de juego. Pienso que tendía unos cinco años cuando empecé a salir furtivamente del edificio para ver a otros niños jugar y que me gritaran, haciendo de la vida de mi abuela y madre aún más frenética de lo que era. (Cuando fuí un poco mayor, se me permitió salir con la advertencia de no ir más de unos cuantos pasos más allá de nuestra puerta de entrada. Por supuesto, desobedecía y me alejaba más y más lejos y me atraparon y me gritaron de nuevo.) Al igual que otras mujeres en el barrio y hombres también, tenían mucho de qué preocuparse ya. El año era 1943 y Belgrado estaba ocupada por los Nazis cuyos vehículos eran vistos de vez en cuando pasando por nuestra calle y cuyos soldados se detenían y entraban en algunos edificios. No recuerdo mucho de ese tiempo más allá de algunas imágenes aisladas y breves escenas: tres niñas flacas jugando a la rayuela, un perro blanco y negro que me seguía, una anciana alimentando migas de pan blanco a gorriones, dos mujeres gritandose y tirandose de los pelos, un soldado alemán sonriéndome.

Sólo un año después, cuando tenía seis años, mis recuerdos comenzaron a ser más numerosos y más vívidos. Recuerdo no sólo los bombardeos aliados de abril de 1944 y la liberación de la ciudad por parte de los Rusos ese octubre, sino pasándo todo mi tiempo jugando con otros niños, jugando tanto en la calle como en las ruinas de un edificio bombardeado al otro lado de la calle. En lo que a mí concernía, esto era lo mas bueno que podria alcanzar la vida. Nuestros padres y familiares estaban ocupados o lejos y nuestras abuelas a menudo fuera tratando de encontrar algo para que comieramos. Entonces, ¿quién nos vigilaba en la calle?, recientemente me lo pregunté y recordé que eran las otras mujeres en el vecindario que sabían cuando estábamos en algo no bueno y venían al rescate. Por supuesto, odiabamos que se metieran e interrumpiéran nuestra diversión, como la vez cuando uno de los niños mayores estaba pasando una pistola militar alemana que encontró en algún lugar, pero hoy las caras preocupadas y cariñosas de estas mujeres significan más para mí que el recuerdo de tener en mi mano esa arma.

Después de que la guerra terminó, nuestros días de diversión terminaron y empezamos la escuela. Aunque yo era un buen estudiante, odiaba ir, pero me obligué a hacerlo hasta el sexto grado cuando empecé a irme de pinta y finalmente dejé de ir por completo, sin que mi madre se enterara. Pasé un par de meses vagando por las calles de Belgrado hasta que la escuela finalmente notó mi ausencia y envió a la policía para informar a mi madre. Si bien el tiempo era cálido, podía pasar las horas que se suponía que debía estar en la escuela haciendo largas caminatas, pero una vez que llegaron las lluvias de otoño y el frío, me vi obligado a esconderme en los quicios de las puertas o ir al cine en las raras ocasiones en que tenía dinero. Por supuesto, estaba solitario y miserable, pero no siempre estaba aburrido, y a veces casi feliz viendo tantas cosas extrañas e interesantes. Si algo me hizo ser quien soy, fue vivir como vagabundo en las calles.

Aún hoy, una especie de regocijo me invade al deambular por una ciudad desconocida, un miedo a estar perdido y una secreta esperanza de que estoy. Mientras tanto, cuánto más vivo me siento, cuánto más fácilmente mis ojos notan cosas y cuánto mejor funcionan mi mente e imaginación. Las ciudades extrañas nos obligan a mirar. Tomamos lecciones de estética y ciencia política sin ser conscientes de que lo hacemos. Aprendemos sobre belleza y misterio dandole la amistad que merece a alguna pequeña calle y vecindario pasados por alto. En ciudades llenas de rascacielos me siento como si estuviera en una pelicula, en una de las viejas, en un teatro caminando por escenarios con iluminacion brillante o escasa, mezclandome con los actores.

Whitman escribió de la multitud en Broadway

  • ¡Qué apresuradas mareas humanas, o día o noche!
  • ¡Qué pasiones, ganancias, pérdidas, ardores, nadan tus aguas!
  • ¡Qué remolinos de mal, de dicha y tristeza, detenganse!
  • ¡Qué curiosas y cuestionantes miradas, destellos de amor!
  • Lascivia, envidia, desprecio, desprecio, esperanza, aspiración!

Caminando las calles de la ciudad te conviertes en coleccionista de rostros, algunos permanecen con nosotros para siempre. “Todo ser humano, desde el más humilde hasta el más distinguido”, pensó Goethe, “lleva consigo un secreto que le haría odioso a todos los demás si se diera a conocer”. O tal vez -me inclino a añadir- extraería nuestro simpatía e incluso nuestro amor, si por algún milagro descubriéramos lo que era.

June 17, 2015, 5:16 pm

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Acerca de salvolomas

Asociación vecinal, cuyo objeto es preservar la colonia habitacional unifamiliar, sus calles arboladas con aceras caminables, con trafico calmado, seguras para bici, parques, areas verdes, centros de barrio de uso mixto accesibles a pie y oficinas solo en áreas designadas.
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